El espejo de Dios

Para el que cree, todo es posible.

Yo puedo hacer lo que estoy haciendo, pero también puedo hacer mucho, mucho más.

Después de exhortar a la congregación a creer en que somos y podemos hacer todo lo que la Biblia nos dice que somos y que podemos hacer, el Pastor Armando Coria continuó con la serie de predicaciones respecto a los sueños y propósitos que Dios siembra en cada uno de sus Hijos.

La predicación comenzó con la lectura del capítulo 37 de Génesis, que narra la historia de José el Soñador.

A la corta edad de José – diecisiete años -, Dios comenzó a recordarle los sueños que le dio desde que le sopló aliento de vida, en su nacimiento. Él ya los había sembrado en su vida, y en ese sueño, le recordó cual era el propósito para el cual había nacido.

En la Escritura, José era el consentido de su padre, lo que causó envidia en sus hermanos. Cuando José les contó el sueño a éstos, la envidia creció.

Dice Génesis 37: “4 Y viendo sus hermanos que su padre lo amaba más que a todos sus hermanos, le aborrecían, y no podían hablarle pacíficamente. 5 Y soñó José un sueño, y lo contó a sus hermanos; y ellos llegaron a aborrecerle más todavía”.

Aquí hay varios puntos a considerar:

1 Nadie va a hacer lo que nos toca hacer a nosotros.  El día en que nosotros fallezcamos, el trabajo que se nos encomendó también morirá, porque nadie lo podrá hacer de la manera en que nosotros lo hacíamos.

2 Cada vez que Dios nos da un sueño, se trata de un recordatorio de lo que podemos hacer, tiene un propósito y un buen fin.

3 Los sueños que Dios nos da, no agradarán a todos, e inclusive despertarán envidia en aquellos que no hicieron lo que Dios quería que hicieran.

4 Hay ocasiones en los que los sueños no se deben contar, pues habrá gente que busque destruirlos.

Creer en nuestro propósito

Cada uno de nosotros fue diseñado con un propósito, pero para que éste se cumpla, tenemos que creer que lo seremos. Lo que cada uno crea de sí mismo, determinará su rol y su actuación en la vida. Si nuestra visión propia no concuerda con los sueños de Dios, comenzamos a anular el propósito.

Los sueños de Dios son muy grandes. Más grandes que nuestros propios sueños. Nuestro conformismo, en numerosas ocasiones, no cuadra con las dimensiones del propósito que se tiene de nosotros. Nuestra condición social o situación económica no determina el sueño de Dios, pero sí pueden afectar nuestra credibilidad ante sus promesas. Lo que importa es creer que Dios ya nos equipó para todo. José creía en sus sueños, y por eso los compartía a sus hermanos.

Si no ponemos por obra todo lo que aprendemos de la Palabra de Dios, entonces estamos viviendo una religión ficticia, que sólo nos entretiene con cantos y lecciones huecas, que no llegan a nada.

Muchas veces vemos una versión fragmentada o distorsionada de nosotros mismo, haya sido impuesta por nuestra conciencia, familia, o círculo social. Así que es momento de hacer una reflexión para ver cómo nos vemos a nosotros mismos como realmente nos percibimos, frente a un espejo, cuando la vida es gris y el futuro parece negro, cuando no tenemos dinero, cuando los días son ordinarios y la rutina es la misma. Porque en tiempos de abundancia la imagen propia es buena, pero en tiempos malos, la imagen se distorsiona con pesimismo y tristeza.

No se pueden conquistar los sueños de Dios al tener una visión distorsionada de nosotros mismos, si lo que Dios quiere para nosotros está encontrado con lo que nosotros pensamos de nosotros.

En Números 13 se narra la historia de los doce espías enviados a reconocer la Tierra Prometida. Diez hombres regresaron con un reporte equivocado, con una visión incongruente con la de Dios: “27 Y les contaron, diciendo: Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella.

32 Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura.

33 También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos”.

En la versión Dios Habla Hoy se dice algo parecido: “32 La tierra que fuimos a explorar mata a la gente que vive en ella, y todos los hombres que vimos allá eran enormes. 33 Vimos también a los gigantes, a los descendientes de Anac. Al lado de ellos nos sentíamos como langostas, y así nos miraban ellos también”.

Los mismos espías “a su parecer”, se sintieron como langostas frente a los gigantes. Éstos en ningún momento les dijeron a los israelitas que eran insignificantes. Ellos mismos distorsionaron su percepción al compararse.

El autoestima de José

El autoestima (el profundo sentimiento que uno tiene de sí mismo. Opinión del propio valor) está diseñada únicamente por uno mismo. Si decimos: “soy como langosta, como un chapulín”, así vamos a vivir.

Al recordar el primer sueño de José: “He aquí que atábamos manojos en medio del campo, y he aquí que mi manojo se levantaba y estaba derecho, y que vuestros manojos estaban alrededor y se inclinaban al mío”, podemos notar que su manojo se veía erguido, derecho. Los demás se inclinaban hacia él. Así mismo, quien se incline ante algo o ante alguien, jamás va a poder conquistar el sueño de Dios.

Al recordar el segundo sueño de José: “9 Soñó aun otro sueño, y lo contó a sus hermanos, diciendo: He aquí que he soñado otro sueño, y he aquí que el sol y la luna y once estrellas se inclinaban a mí”, vemos que su familia lo tomó a mal. Además, notamos que su autoestima era tal, que soñaba que astros tan gigantescos como el sol y la luna también se postraban ante él.

En Jueces 6: “11 Y vino el ángel de Jehová, y se sentó debajo de la encina que está en Ofra, la cual era de Joás abiezerita; y su hijo Gedeón estaba sacudiendo el trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas.

12 Y el ángel de Jehová se le apareció, y le dijo: Jehová está contigo, varón esforzado y valiente.

13 Y Gedeón le respondió: Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas, que nuestros padres nos han contado, diciendo: ¿No nos sacó Jehová de Egipto? Y ahora Jehová nos ha desamparado, y nos ha entregado en mano de los madianitas.

14 Y mirándole Jehová, le dijo: Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo?

15 Entonces le respondió: Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre.

16 Jehová le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre

17 Y él respondió: Yo te ruego que si he hallado gracia delante de ti, me des señal de que tú has hablado conmigo.”

Gedeón se veía temeroso, cauteloso, precavido, porque él estaba guardando la cosecha para que los madianitas no se la llevaran. Sin embargo, Jehová le dijo que era un “varón esforzado y valiente”. Lo que hizo fue mostrarle la verdadera identidad que tiene.

A cada uno se nos dan sueños y propósitos al nacer. Con el paso de los años, se nos recuerdan para que los desarrollemos, pero para alcanzarlos es necesario vernos a nosotros mismos en el espejo de Jehová, como varones valientes y esforzados.

Jamás volveré a verme en un espejo distorsionado. A partir de hoy, me veré en un solo espejo, y ese espejo es el espejo de mi Dios. En ese espejo me voy a ver todos los días, y en él no existen las derrotas. Los hijos de Dios no nacimos para perder, y ése soy yo.

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