La identidad en los sueños de Dios

Domingo 16 de septiembre de 2012

¿Cuándo llegaremos a estar enmarcados en el muro de la historia?

En la última predicación de la “Serie de los Sueños”, el pastor comenzó su mensaje con el énfasis en que las declaraciones y oraciones deben hacerse con fe y convicción en que se harán una realidad, de lo contrario, serán simples palabras arrojadas al aire.

En Génesis 41, José ya había sido designado gobernador de Egipto: “46 Era José de edad de treinta años cuando fue presentado delante de Faraón rey de Egipto; y salió José de delante de Faraón, y recorrió toda la tierra de Egipto”.

Uno podría pensar que los sueños de Dios sobre José ya se habían cumplido en este momento, la historia bien pudo haber culminado en este punto. Sin embargo, ese no era el plan de Dios. Así como a José, Dios nos quiere llevar a lugares más grandes y edificantes, de mayor bendición.

El corazón santo

El corazón de José era diferente, santo. Después de todo lo que pasó, podría haber estado lleno de odio y rencor, en particular a los hermanos que le vendieron. No obstante, contrario a la reacción que la mayoría de los hombres podría tener ante personas que le hicieron tanto daño (lo golpearon, vendieron, engañaron, sometieron, encarcelaron), José era distinto, inclusive había recibido otro nombre por parte de Dios. Ya en su momento de poder y autoridad, rechazó la manipulación de ese cargo para vanagloriarse en soberbia y arrogancia.

Al llegar con sus hermanos, ordenó a sus sirvientes que se marcharan, y fue entonces que José decidió revelarles su identidad: la identidad que siempre tuvo, la identidad de “José”, que nunca se desvaneció ni se corrompió. En nuestras vidas, Dios en ocasiones frena la ejecución de los sueños grandes porque, al conocer nuestros corazones, sabe que perderíamos el piso y las raíces.

Ni la opresión ni la opulencia mancharon su corazón. Por eso pidió a sus hermanos que se acercaran. Él no les guardó rencor en ningún momento, pues estaba consciente de que todos los obstáculos que atravesó formaban parte del plan de Dios: “Génesis 45:5 Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros”.

Para que Dios pueda cumplir sus sueños en nuestra vida tenemos que hacer tres cosas:

1. Mantenernos firmes en los sueños de Dios.

2. Reconocer raíces.

3. Tener un corazón santo.

Los sueños de Dios no son egoístas, el propósito de toda la travesía en la vida de José giraba en torno a la supervivencia de las personas pese a la hambruna que predominaba sobre la tierra.

Los sueños de Dios no son pequeños ni egoístas. No nos los da para bendecirnos a nosotros mismos, Él siempre busca una bendición colectiva, que de un solo sueño puedan beneficiarse muchas personas.

Cada etapa de nuestra vida es un escalón más para llegar a los grandes sueños de Dios. No debemos conformarnos en los primeros: un oficio lleva a una profesión; la profesión da el sustento para un matrimonio; el esposo o la esposa es la antesala a una familia, y de ese nivel en adelante, los sueños se desenvolverán dependiendo de qué tan cerca caminemos de Dios.

 

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