Congreso de Hombres Valientes – Promete ser un hijo de bendición

 

Al iniciar su plenaria, Javier Ciau compartió la historia de David, el personaje bíblico que derrotó a Goliat y quien eventualmente se convirtió en rey. Con un enfoque en su infancia en lugar de sus proezas, inició en Samuel 16:1-2 “El Señor le dijo a Samuel:

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte llorando por Saúl, si ya lo he rechazado como rey de Israel? Mejor llena de aceite tu cuerno, y ponte en camino. Voy a enviarte a Belén, a la casa de Isaí, pues he escogido como rey a uno de sus hijos.

2 —¿Y cómo voy a ir? —respondió Samuel—. Si Saúl llega a enterarse, me matará”.

De esta manera, el profeta llega a la casa de Isaí para encontrar al hijo que sería ungido como rey.

1 Samuel 16:5-7 “5 —Claro que sí. He venido a ofrecerle al Señor un sacrificio. Purifíquense y vengan conmigo para tomar parte en él.

Entonces Samuel purificó a Isaí y a sus hijos, y los invitó al sacrificio. 6 Cuando llegaron, Samuel se fijó en Eliab y pensó: «Sin duda que éste es el ungido del Señor.» 7 Pero el Señor le dijo a Samuel:

—No te dejes impresionar por su apariencia ni por su estatura, pues yo lo he rechazado. La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón”.

Se dice que, después de desfilar y haber sido rechazados todos los hijos, el profeta preguntó si no había más. Entonces, Isaí confesó que David no había sido invitado a la cena, que estaba cuidando el rebaño. Al final, él fue escogido y ungido. Lejos de tomarse la falta de invitación como una agresión o una ofensa, el joven David llegó alegre a la cena.

En el Salmo 51 se entiende la razón de su ausencia en la fiesta: “5 Yo sé que soy malo de nacimiento;

    pecador me concibió mi madre”.

David era un hijo no deseado, por ello no fue invitado a la fiesta. Quizás su padre tenía favoritismos y preferencias con sus otros hijos, pero David era rechazado.

Así, Samuel ungió a David como rey. En 1 Samuel 17:12-20 se recopila de nuevo la historia de David: “12 David era hijo de Isaí, un efrateo que vivía en Belén de Judá. En tiempos de Saúl, Isaí era ya de edad muy avanzada, y tenía ocho hijos.

13 Sus tres hijos mayores habían marchado a la guerra con Saúl. El primogénito se llamaba Eliab; el segundo, Abinadab; el tercero, Sama.

14 Estos tres habían seguido a Saúl por ser los mayores. David, que era el menor, 15 solía ir adonde estaba Saúl, pero regresaba a Belén para cuidar las ovejas de su padre.

16 El filisteo salía mañana y tarde a desafiar a los israelitas, y así lo estuvo haciendo durante cuarenta días.

17 Un día, Isaí le dijo a su hijo David: «Toma esta bolsa[d] de trigo tostado y estos diez panes, y vete pronto al campamento para dárselos a tus hermanos.

18 Lleva también estos tres quesos para el jefe del batallón. Averigua cómo les va a tus hermanos, y tráeme una prueba de que ellos están bien.

19 Los encontrarás en el valle de Elá, con Saúl y todos los soldados israelitas, peleando contra los filisteos.»

20 David cumplió con las instrucciones de Isaí. Se levantó muy de mañana y, después de encargarle el rebaño a un pastor, tomó las provisiones y se puso en camino. Llegó al campamento en el momento en que los soldados, lanzando gritos de guerra, salían a tomar sus posiciones”.

Aún después de haber sido ungido, siguió fungiendo como el mensajero de la casa, como el de menos importancia, el rezagado. Sin embargo, su corazón no guardó rencor. ¿Qué habríamos hecho nosotros de haber recibido un trato similar? Pese a todo, en 1 Samuel 17:34-36 se puede ver el corazón de David para con su padre: “34 David le respondió:

—A mí me toca cuidar el rebaño de mi padre. Cuando un león o un oso viene y se lleva una oveja del rebaño,

35 yo lo persigo y lo golpeo hasta que suelta la presa. Y si el animal me ataca, lo sigo golpeando hasta matarlo”. Él había resuelto que a pesar de lo que le hubieran hecho su padre y su familia, él seguiría bendiciéndolos. No importaba lo que le hubieran hecho, el mal que le hubieran causado, ni haber sido un hijo no deseado, el haría todo con tal de honrar a su familia.

Al llegar al campo de batalla, en 1 Samuel 17:24-29 “24 Cuando los israelitas vieron a Goliat, huyeron despavoridos. 25 Algunos decían: «¿Ven a ese hombre que sale a desafiar a Israel? A quien lo venza y lo mate, el rey lo colmará de riquezas. Además, le dará su hija como esposa, y su familia quedará exenta de impuestos aquí en Israel.»

26 David preguntó a los que estaban con él:

—¿Qué dicen que le darán a quien mate a ese filisteo y salve así el honor de Israel? ¿Quién se cree este filisteo pagano,[e] que se atreve a desafiar al ejército del Dios viviente?

27 —Al que lo mate —repitieron— se le dará la recompensa anunciada.

28 Eliab, el hermano mayor de David, lo oyó hablar con los hombres y se puso furioso con él. Le reclamó:

—¿Qué has venido a hacer aquí? ¿Con quién has dejado esas pocas ovejas en el desierto? Yo te conozco. Eres un atrevido y mal intencionado. ¡Seguro que has venido para ver la batalla!

29 —¿Y ahora qué hice? —protestó David—. ¡Si apenas he abierto la boca!”

La posición de David sin duda era injusta. Apenas preguntando por las recompensas, sus hermanos lo reprendieron. Sin embargo, la recompensa por matar a Goliat resultó atractiva para David, únicamente respecto al apartado que hablaba de exentar de impuestos a la casa de su padre. De las tres que había, David aceptó el reto de matar al gigante por la última. El creía que, pese a ser “la oveja negra”, podía presentarle como tributo la exención de impuestos. Hacía las cosas porque su padre merecía honra. Al final logró llevarse el dinero y a su esposa, pero éstas últimas llegaron por añadidura. Él sólo quería honrar a su padre.

En otra historia, se dice que David era un hombre con el corazón de Dios. Tuvo un reinado próspero, escribió los salmos, tuvo gran sabiduría, y todo eso fue el resultado de la honra que mantuvo.

El primer mandamiento lleva una promesa, si uno honra a su padre y a su madre, todo lo que uno haga será prosperado y bendecido. Si en nuestra vida no llegan las bendiciones, quizás es porque está siendo retenida porque no hemos honrado como Dios lo espera.

Tras ser convertido en yerno de Saúl, David buscó en él la figura paterna que Isaí nunca le había proporcionado. Sin embargo, el rencor oscurecía el corazón de Saúl a tal grado, que decidió matarlo. En ocasiones, también nosotros hemos buscado esa figura en personas ajenas a nuestra familia, pero también esas personas pudieron habernos fallado.

 

Pese al daño recibido, nuestra actitud debe ser diferente, ser siempre quienes busquen la bendición para ellos, eximirlos de los tributos como lo hizo David. No importa el daño, la honra se debe buscar en todo momento. El reto de David era que su familia lo reconociera. Y no se cansó de recibir insultos, desprecios y maltratos. Había resuelto cambiar el futuro de su padre y de sus hermanos. Había resuelto ver la bendición realizada en su familia, en honrarlos completa y absolutamente. Quienes podamos continuar con este sueño, quienes tengamos a nuestra familia a nuestro lado, entonces hagamos un esfuerzo, sin importar el daño y el desprecio.

 

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