Congreso de Mujeres Valientes – El desafío de defender a la familia

“Hay que ser valientes para defender a la familia”. Esta fue la frase inaugural en la plenaria de Lyleni Sosa, un pensamiento que aunque puede sonar obvio, no siempre sucede así. En ocasiones, la defensa resulta ser todo un desafío.

¿Qué es una familia? Un conjunto de personas que tienen relación o parentesco, o consanguíneas. Una familia se forma a partir de dos personas. En Génesis 2:24 se dice “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. La palabra nos dice que el primer invitado a la familia es el esposo, quien al principio llega como un príncipe carente de todo defecto. Se presenta con virtudes y complacencias que conquistan de tal manera a la mujer que decide tomarlo como parte integral de su vida. No obstante, con el tiempo estos detalles se evaporan gradualmente, se van las atenciones, y afloran los defectos. Este cambio lo transforma de un príncipe a un “Shrek”, un ogro.

Entonces surge la pregunta ¿Por qué permitimos que el marido se convierta en un ogro? ¿Por qué se desplazó de su posición de príncipe? ¿Qué hicimos nosotras para detonar o prevenir la situación?

Una mujer espera amor de su marido. Un esposo, espera respeto de su mujer, como dice la Palabra en Efesios 5:33 “Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido”. Una no puede esperar algo que no da de sí. Reclamos, críticas, y objeciones comienzan a llover sobre nuestra pareja, y esto sume al marido en una situación de conformismo, hasta que piensan que nada de lo que hagan es suficiente para nosotros.

Nuestra pareja necesita varias cosas de nosotras para poder funcionar bien: respeto, honra, aliento y valor.

Nuestro respeto enciente al esposo, es su combustible, su alimento. La honra, es la forma en la que lo tratamos. El aliento es la motivación para cuando él tenga proyectos o ande desanimado. Valorar al hombre como la persona más importante en nuestra vida, después de Dios pero antes que mis hijos.

Al hacer nosotras estas cosas, el se sentirá lleno y pleno para poder continuar la relación y el amor. Que de nosotras pueda sentir que él tiene un lugar donde llegar, donde se le recibirá sin reproches, donde encuentre ánimo aliento, donde pueda recostarse.

La historia de Abigail es una buena representación en 1 Samuel 25:“3 Y aquel varón se llamaba Nabal, y su mujer, Abigail. Era aquella mujer de buen entendimiento y de hermosa apariencia, pero el hombre era duro y de malas obras; y era del linaje de Caleb.

10 Y Nabal respondió a los jóvenes enviados por David, y dijo: ¿Quién es David, y quién es el hijo de Isaí? Muchos siervos hay hoy que huyen de sus señores.

17 Ahora, pues, reflexiona y ve lo que has de hacer, porque el mal está ya resuelto contra nuestro amo y contra toda su casa; pues él es un hombre tan perverso, que no hay quien pueda hablarle.

18 Entonces Abigail tomó luego doscientos panes, dos cueros de vino, cinco ovejas guisadas, cinco medidas de grano tostado, cien racimos de uvas pasas, y doscientos panes de higos secos, y lo cargó todo en asnos.

19 Y dijo a sus criados: Id delante de mí, y yo os seguiré luego; y nada declaró a su marido Nabal”.

Pese a que a su marido Nabal le fueron requeridos bienes por parte del rey David y se negó, ella tomó lo requerido y lo entregó al rey David, inclusive se postró ante su presencia y clamó por piedad para ella y Nabal. Ante esto, el rey le contestó: 1 Samuel 25:33 “Y bendito sea tu razonamiento, y bendita tú, que me has estorbado hoy de ir a derramar sangre, y a vengarme por mi propia mano”. La honró por su decisión.

Más tarde, cuando regresó a su casa, encontró a su marido ebrio en un banquete, y aún después de todo, no dijo nada sino hasta el otro día, en privado.

Por todo esto, Abigail fue un gran ejemplo de una mujer con un corazón íntegro.

No hay que olvidar al amor. El hombre necesita de nosotras. De nuestro amor y nuestras caricias. Pese a que el cansancio, la rutina y la edad en ocasiones apagan la llama y la fórmula del matrimonio, a tal punto que el marido termina por dejarnos.

Los hijos

El amor a nuestros hijos es vital, inevitable, benéfico y una bendición. Sin embargo, como mujeres hay que separar al amor del enamoramiento, pues éste último resulta contraproducente. El embelesarnos de nuestros hijos nos ciega de sus defectos y nos vuelve sumisas a sus deseos, aún conscientes de que pueden dañarlos más que beneficiarlos. Ante todo, debemos ser formadoras de almas, no de su carne.

Al ser los hijos una herencia de Dios y una responsabilidad en nuestra vida, es nuestro deber bendecirlos y educarlos correctamente. Como formadoras de almas, a nosotras nos está prohibido rendirnos y abandonar el camino a medias.

De igual manera, tenemos que ser alentadoras incondicionales, convertirnos en sus fans. Alentar todo lo bueno que puedan hacer, sus logros y méritos. Nuestro papel es motivarlos y decirles en todo momento que existen más oportunidades, pero sobre todo, tenemos que inspirarlos con nuestro ejemplo. Por más humildes que seamos, nuestro deber es corregirlos poniendo siempre el ejemplo.

Las correcciones no deben ser con enojo y coraje, al contrario, los hijos deben entender que se les está aplicando una corrección, no que se les está pegando como reproche, desquite o venganza. Proverbios 23:13-14 “No rehúses corregir al muchacho;

Porque si lo castigas con vara, no morirá.

14 Lo castigarás con vara,

Y librarás su alma del Seol”.

Nuestra posición en la familia no es fácil, por ello debe ser un compromiso que aceptemos de todo corazón. Nuestra resolución debe fijarnos en la posición correcta para cumplir con todas nuestras responsabilidades. No es tarde para honrar a nuestro marido, para darle el respeto que a lo mejor no nos pide con palabras. Tampoco es tarde para amar y dedicar más tiempo a nuestros hijos. Hoy es un buen día. Hoy es el día perfecto para comenzar.

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