Generosidad, el principio de saber dar

La conclusión a la serie de la libertad financiera se dio el pasado fin de semana, mediante la enseñanza de la Generosidad, el Principio de Saber Dar. Como secuela de la predicación pasada, en donde se vio que el principio del dar es el amor, esta semana el enfoque se dio en a quién poner primero, cómo y cuándo ofrecer nuestra generosidad.

La enseñanza comenzó con la lectura del Proverbio 3:9-10: “9 Honra a Jehová con tus bienes,

Y con las primicias de todos tus frutos;

10 Y serán llenos tus graneros con abundancia,

Y tus lagares rebosarán de mosto”.

Escrito por el rey Salomón, este proverbio da consejo sobre cómo poner por obra el dinero para Dios. Muchos tenemos la idea religiosa de pedirle a Dios milagros, obras y bendiciones, sin dar nada a cambio. Si no damos con fe, de nada sirve que diezmemos y ofrendemos, porque no estamos entendiendo el propósito. Hay una promesa encerrada en este proverbio, pero para que se cumpla debe ponerse por obra.

En Génesis 22 se dice: “Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí.

2 Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré”.

Dios le pidió a Abraham sacrificar a su hijo, el único que tenía, lo que más amaba Abraham después de Dios, un hijo que le costó décadas concebir, y únicamente mediante un milagro divino. Sin dudar ni titubear, tomó a su hijo y se apresuró a cumplir el mandato de Jehová. Génesis 22 continúa: “7 Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?

8 Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos.

9 Y cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña.

10 Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.

11 Entonces el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí.

12 Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único.

13 Entonces alzó Abraham sus ojos y miró, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos; y fue Abraham y tomó el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo

14 Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar, Jehová proveerá.[a] Por tanto se dice hoy: En el monte de Jehová será provisto”.

Lo que estaba probando Dios en Abraham era su corazón, por supuesto que no permitiría que Isaac fuera sacrificado ese día. Se alegró al saber que era el primer lugar en la vida de Abraham y proveyó de un carnero para el sacrificio. El principio de poner a Dios en primer lugar en todo, de ponerse por obra, pondría fin a la larga racha de pobreza y mediocridad financiera.

Así como a ninguno de nosotros nos gustaría tener socios que nos robara, a Dios tampoco le gusta ver cómo le es arrebatado lo que le corresponde. Dios no necesita recibir, pero los humanos necesitan dar. Si en el aspecto financiero vemos al Señor como un socio, como se menciona en el libro IQ Financiero de Roberto Kiyosaski, nos daremos cuenta de que es uno de los mejores socios, al pedir sólo el diez por ciento de nuestros ingresos; y como todo socio, tampoco le caerá en gracia que dejemos de invertir.

Si creemos en Dios y guardamos una cantidad para la iglesia y otros fines caritativos, Dios y nosotros seremos quienes manejen nuestras finanzas con base en nuestros ingresos.

Ninguno de nosotros mismos hizo nada por venir a la tierra. Y tampoco nos llevaremos nada de ella. El entender este concepto nos permitirá desprendernos con mayor facilidad de las cosas materiales.

Y aparte de Dios, ¿a quien dar? Proverbios 19:17 tiene la respuesta: “Servir al pobre es hacerle un préstamo al Señor;

    Dios pagará esas buenas acciones”.

Dios no se queda con nada. Similarmente, tacha la actitud contraria: “Es un pecado despreciar al prójimo;

    ¡dichoso el que se compadece de los pobres!”.

El amor por el prójimo está declarado como una vía agradable a Dios. En Lucas 10 se escribe la historia del Buen Samaritano, un ejemplo claro de un corazón generoso: “25 En esto se presentó un experto en la ley y, para poner a prueba a Jesús, le hizo esta pregunta:

—Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

26 Jesús replicó:

—¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú?

27 Como respuesta el hombre citó:

—“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”,[d] y: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.”[e]

28 —Bien contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás.

29 Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús:

—¿Y quién es mi prójimo?

30 Jesús respondió:

—Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. 31 Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. 32 Así también llegó a aquel lugar un levita, y al verlo, se desvió y siguió de largo. 33 Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. 34 Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. 35 Al día siguiente, sacó dos monedas de plata[f] y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva.” 36 ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

37 —El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.

—Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús”.

Entre los samaritanos y los judíos no existía amor. Sin embargo, pese a este paradigma social, fue un samaritano el que se preocupó por el hombre herido. No sólo curó sus heridas, sino que lo transportó a un lugar seguro, le dio alojamiento y lo cuidó. La generosidad es un alimento propio, una bendición que tendrá reciprocidad en su tiempo y forma.

Nuestra economía en realidad no depende de nosotros mismos, sino de lo que le podamos dar a Dios. Existe un principio de la prosperidad financiera que dice lo siguiente:

  1. Genera lo más que puedas.
  2. Gasta lo menos que puedas.
  3. Invierte lo menos que puedas.
  4. Vive de tus inversiones y da lo más que puedas.

Todo lo dicho en estas seis semanas, han sido únicamente lineamientos, principios, métodos. Ya dependerá de cada uno si los ponemos por obra. Al final, cuando las experiencias y los años queden atrás, en nuestros lechos de muerte, nos daremos cuenta de que sólo una vida dedicada a los demás, merece la pena ser vivida.

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