Enfrentando el miedo

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Dios está en mi barca. Así que no tendré más miedo cuando venga una tormenta. Hoy podrá estar dormido, pero tengo tanta confianza en Él, que sé que lo puedo despertar. Y él se despertará y detendrá las tormentas.

Miedo. Todos lo hemos sentido. Nos hemos visto en la necesidad de enfrentarlo. A veces sucumbimos. Y a veces vencemos. Del surgimiento del miedo también se engendran ciertas consecuencias. Del miedo nace la aprehensión, y algunos han perdido su salud a causa de ella. De la aprehensión negativa. Al abrazar al miedo, voluntaria o involuntariamente, nos aleja de la confianza en Dios.

Hebreos 11:1 habla sobre la confianza en Dios: “Confiar en Dios es estar totalmente seguro de que uno va a recibir lo que espera. Es estar convencido de que algo existe, aun cuando no se pueda ver”. Nuestra confianza en Dios resulta esencial cuando enfrentamos los miedos, ya sean cotidianos o extraordinarios. Puede ser que en nuestro lugar de trabajo estén despidiendo gente, o que la quincena no nos alcance, o que nuestra salud mengüe.

Nuestro estilo de vida actual nos arrasa con la fugacidad del ahora, lo que genera un estrés que muchas veces tomamos como cotidiano. Hoy en día, los niños padecen más ansiedad que un adulto enfermo en la década de los cincuenta, y constituye un terreno fértil para la gestación del miedo.

El Evangelio de Mateo, en el capítulo 8, relata un pasaje sobre la confianza: 8:23 “Jesús subió a la barca y se fue con sus discípulos. 24 Todavía estaban navegando cuando se desató una tormenta tan fuerte que las olas se metían en la barca. Mientras tanto, Jesús dormía. 25 Entonces sus discípulos fueron a despertarlo:

—¡Señor Jesús, sálvanos, porque nos hundimos!

26 Jesús les dijo:

—¿Por qué están tan asustados? ¡Qué poco confían ustedes en Dios!

Jesús se levantó y les ordenó al viento y a las olas que se calmaran, y todo quedó muy tranquilo. 27 Los discípulos preguntaban asombrados:

—¿Quién será este hombre, que hasta el viento y las olas lo obedecen?”.

La pregunta que Jesús les hace es una que debemos tener centrada cada vez que el miedo permee: “—¿Por qué están tan asustados? ¡Qué poco confían ustedes en Dios!”.

Marcos saca algunos detalles más: Marcos 4:38 “38 Jesús, mientras tanto, estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal, así que los discípulos lo despertaron”. En la popa de la barca, había un compartimiento para colocar las redes, una suerte de bodeguita. Esto nos quiere decir que Jesús no se quedó dormido, lo hizo con premeditación, por lo que estaba tranquilo y confiado.

En el griego original, el fenómeno que aconteció fue un sismo. La tormenta era grande, y seguramente los discípulos pescadores como Pedro trataron de sostener la barca. Al estar en un lago, la tormenta los tomó desprevenidos. Pese a que Jesús estaba con ellos, el miedo los invadió porque el fenómeno se desató desprevenidamente.

En nuestras vidas pasa lo mismo. Aparecen tormentas en los lugares y momentos menos pensados. Los peligros se desatan con y sin advertencia. De repente sucede un accidente, o un asalto, o un problema en casa. Los “de repentes” vienen, quizás haya un “de repente” en este mismo momento. Cuando decidimos subirnos a la barca con Jesús, estamos confiados en que, al caminar junto a Su presencia, se nos garantiza una vida más fácil, sin problemas. Pero no estamos exentos de tormentas, adonde quiera que vayamos, aparecerán y en ocasiones, vendrán más grandes y peligrosas que cuando vivíamos una vida sin Jesús.

Corremos el riesgo de enfermarnos, entrar en bancarrota, ser asaltados, pero es mejor pasar una tormenta estando en la barca de Jesús, que en una barca a solas. El miedo nunca ha podido motivarnos a salir adelante. Con miedo no se restaura un matrimonio, no se rescata un hijo o se paga una hipoteca. Pero con valor sí. El miedo nos paraliza.

El miedo hace suframos amnesia espiritual. Olvidamos las bendiciones y las ocasiones en las que Dios ha permanecido a nuestro lado y las sustituimos por aquellas en donde no hemos visto un milagro palpable. Previo al suceso de la barca, los discípulos habían atestiguado la sanación del leproso, y aun así pensaron que morirían en la barca. Pero no debemos permitir que el miedo nos haga olvidar las bendiciones de Dios, ni que debilite nuestra confianza en Él. También nos hace demandantes, nos fuerza a exigirle a Dios que nos brinde bendiciones.

Pero el valor nos saca adelante. Dios nos ha prometido estar con nosotros todo el tiempo. Dentro de los cuatro evangelios, hay 125 mandamientos imperativos que Dios nos manda a hacer. Y entre ellos, veintiún veces Jesús nos manda que no tengamos miedo. Así que hay que recordar que caminamos junto a Jesús, de quien los apóstoles se asombraron: “—¿Quién será este hombre, que hasta el viento y las olas lo obedecen?”. Él está con nosotros, Él no tiene miedo, no se baja de la barca, Él nos va a acompañar en todo momento y en todo lugar. Cuando concatenamos estos factores, la idea del miedo se reduce a una ridiculez, cuando confiamos en Dios, el miedo no tiene razón de ser. Él nunca falla, su amor, ese amor infinito que prevaleció durante su crucifixión,  ese amor, nunca falla.

Recordemos la calidad de espíritu que dios nos ha dado, y que se menciona en 2 Timoeto 1:7 “Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio”.

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