El propósito del nacimiento de Jesús

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La llegada de Cristo significó una división en la historia. Hoy en día se habla de un “antes de Cristo” y un “después de Cristo”. Por ende, su importancia se extiende más allá de la fe cristiana para quedar plasmada dentro de la Historia Universal. Jesús vino a darle un sentido al mundo.

Desde el último libro del Antiguo Testamento hasta el primer libro del Nuevo Testamento, aconteció un periodo de 400 años de silencio. Durante ese tiempo no hay registros de que Dios le haya hablado a la humanidad. Los hombres comenzaron a perderse. El sentido de la vida se esfumó. El mundo se defenestró poco a poco, hacia un abismo sin forma ni sentido. Vivir por vivir, respirar por respirar, caminar sin avanzar, pensar sin planear, existir sin un propósito, sin un plan, hasta el borde de la desintegración espiritual.

La guerra no es guerra sin dos bandos, sin dos oponentes, sin dos ideas contrarias. La guerra sin adversario es simple conquista, y eso es lo que el enemigo se dedicó a hacer durante esos 400 años de silencio. Fue entonces, que Dios plantó su estandarte y su plan de ataque. Fue entonces, que la guerra se detonó, con la llegada de Jesús. Mateo 1:25 “18 El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.

19 José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente.

20 Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.

21 Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS,[a] porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

22 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:

23 He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo,

Y llamarás su nombre Emanuel, m que traducido es: Dios con nosotros.

24 Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer.

25 Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS”.

Jesús podría no haber venido a la Tierra. Pero estaba dispuesto a ser sacrificado. Filipenses 2:5-8 “5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,

6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,

7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;

8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.

Dejó atrás su posición, sus posibles lujos o necesidades, su forma y cuerpo, para adoptar uno terrenal. Se despojó de toda comodidad que pudo haber tenido en el Cielo, y vino decidido a cambiar el destino del planeta a pesar de las burlas y las humillaciones. Para cumplir su propósito se mantuvo en constante comunicación con el Padre, se capacitó durante treinta años, para después ir en busca de Dios, a través del bautismo, y comenzar con su estrategia. Mateo 3:13 “13 Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él.

14 Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?

15 Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.

16 Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.

17 Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”.

No empezó su misión sin haber sido lleno del Espíritu, sin haber recibido la instrucción, sin haber pasado un tiempo de ayuno en el desierto. Él sabía que tenía un propósito, una razón en la Tierra, y no sólo por su propia cuenta, estaba consciente de que había venido a cumplir las profecías de los profetas. Lucas 4:16-24 “16 Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo[a] entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer.

17 Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:

18 El Espíritu del Señor está sobre mí,

Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;

Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;

A pregonar libertad a los cautivos,

Y vista a los ciegos;

A poner en libertad a los oprimidos;

19 A predicar el año agradable del Señor.

20 Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.

21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.

22 Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?

23 Él les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra.

24 Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra”.

En cada acto hecho por Jesús, estas Escrituras se cumplieron poco a poco. Su misión no era únicamente, sanar, curar y enseñar. Era salvarnos para la Eternidad, darnos vida, cambiar nuestro destino. La línea del tiempo, que refiere un “antes de Cristo” y un “después de Cristo”, también tiene un referente más espiritual para aquellos que creemos en Él. Se refiere a la vida que teníamos antes de conocerle, y la vida que nos nace después de conocerle. Ésa era Su misión, separar el pecado del pasado para restaurarlo con la santidad en el presente. Transformar nuestra realidad, apartarnos para Él y convertirnos en faros de esperanza.

El final, la muerte, es apenas el principio. Jesucristo se lanzó a lo más profundo de nuestras ruinas para llevarnos a un rescate más allá de la vida, para grabar nuestro nombre en la Luz, para que jamás vuelva a ser oscurecido por las tinieblas del enemigo.

Antes de Cristo hubo muerte. Muerte del cuerpo y del espíritu. Después de Cristo, habrá muerte también. Después del rescate, de la sanidad, de los milagros, de la compañía, las ministraciones y las lecciones de vida, vendrá la muerte del cuerpo. Pero el espíritu no tendrá muerte ni separación de Dios. Por toda la eternidad, vivirá por siempre, rodeado de Su presencia, de Su amor y Su calor.

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