De lo que dejamos ir

Todos tenemos un propósito, y también tenemos un final. ¿Cuál sucederá primero, el propósito cumplido, o el fin de la vida?

El fin de año abre la ventana para evaluar y autoanalizar los triunfos y logros, para hacer un balance sobre lo conseguido y lo inconcluso. Muchos de nosotros solemos fijarnos únicamente en las metas alcanzadas, y dejamos a un lado, a veces por orgullo, las áreas en las que fracasamos o dejamos intactas.

¿Cuántos propósitos establecimos al son de las campanadas, con las uvas como promesa? ¿Cuántos de ellos no logramos? ¿Cuáles fueron las razones? Holgazanería, indisciplina, circunstancias adversas, mediocridad, argumentos y pretextos sobran. Y hasta donde a cada uno nos concierne, es justo evaluar sincera y honestamente para valorar los aspectos que hicimos mal, lo que estuvo en nuestras manos, lo que dependía únicamente de la propia voluntad y tenacidad.

Uno de los grandes errores que tenemos es trazar metas que no vamos a cumplir. Y peor aún, las trazamos enfocados en nuestras propias metas egoístas sin tomar en cuenta el consejo, la Palabra o la brújula de Dios. Santiago habla al respecto: 4:13-16 “13 Ahora escuchen esto, ustedes que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad, pasaremos allí un año, haremos negocios y ganaremos dinero.»

14 ¡Y eso que ni siquiera saben qué sucederá mañana! ¿Qué es su vida? Ustedes son como la niebla, que aparece por un momento y luego se desvanece.

15 Más bien, debieran decir: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.»

16 Pero ahora se *jactan en sus fanfarronerías. Toda esta jactancia es mala”.

Mucho menos nos damos cuenta que esa desidia perjudica, en menor o mayor manera, el objetivo por el cual fuimos creados. El tiempo desperdiciado es tiempo que jamás regresa. El hacer las cosas de forma ególatra es malo, pero el no hacer nada con el tiempo que se nos da, es mucho peor. Porque, retomando el versículo catorce, no sabremos si viviremos mañana, o si seremos capaces de lograr las mismas metas que ayer. Las circunstancias cambian, el terreno se reajusta, y esas influencias repercutirán mañana, de manera distinta al día de hoy.

La vida sin propósito no es vida, es supervivencia. No es malo descansar o retirarse de los problemas y las trivialidades de la vida de vez en cuando, el problema es ver cómo vamos a aprovechar de manera efectiva y equilibrada el tiempo para acomodar todo lo que nos corresponde hacer. Eclesiastés 3 nos dice: “1 Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo:

 

2 un tiempo para nacer,

    y un tiempo para morir;

un tiempo para plantar,

    y un tiempo para cosechar;

3 un tiempo para matar,

    y un tiempo para sanar;

un tiempo para destruir,

    y un tiempo para construir;

4 un tiempo para llorar,

    y un tiempo para reír;

un tiempo para estar de luto,

    y un tiempo para saltar de gusto;

5 un tiempo para esparcir piedras,

    y un tiempo para recogerlas;

un tiempo para abrazarse,

    y un tiempo para despedirse;

6 un tiempo para intentar,

    y un tiempo para desistir;

un tiempo para guardar,

    y un tiempo para desechar;

7 un tiempo para rasgar,

    y un tiempo para coser;

un tiempo para callar,

    y un tiempo para hablar;

8 un tiempo para amar,

    y un tiempo para odiar;

un tiempo para la guerra,

    y un tiempo para la paz”.

En verdad, hay un tiempo para todo. Y nosotros tendríamos que estar sopesando qué tanto dedicar al ocio y qué tanto a las metas propuestas. Nuestras vidas con como la neblina, una muerte prematura está siempre latente, un accidente esperando a suceder, un percance que no atisbamos, y lo único que importa al final es qué hicimos con ese tiempo dado, cómo fue aprovechado. Si Dios nos dio el tiempo, es porque sabe que teníamos un propósito en la Tierra.

¿Cuánto tiempo fue desperdiciado este año? ¿Qué tantos propósitos no se cumplieron? ¿Qué tan importantes eran dichas metas? ¿Con qué vehemencia anhelamos que se cumplieran? ¿Qué hicimos o dejamos de hacer para que quedaran inconclusas?

Un mismo acto, suceso o acontecimiento, nunca podrá ser correcto todo el tiempo. Lo que fue correcto a una edad, no lo podrá ser ni una década antes ni una después. 2 de Samuel habla sobre lo que se hace en los tiempos incorrectos: 11:1-4 “11  Aconteció al año siguiente, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, y con él a sus siervos y a todo Israel, y destruyeron a los amonitas, y sitiaron a Rabá; pero David se quedó en Jerusalén.

2 Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa.

3 Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo.

4 Y envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella. Luego ella se purificó de su inmundicia, y se volvió a su casa”.

Se trataba pues, del tiempo en el que los reyes salían a la guerra, David tendría que haber salido a la guerra junto con su ejército, pero decidió quedarse en casa, a pasear por el balcón, y por ese acto, por no haber actuado conforme al tiempo, terminó con Betsabé, haciendo algo incorrecto.

Cada día, hora, minuto y segundo cuentan. De nada nos servirá comernos doce uvas y hacer doce promesas si ocupamos el tiempo para pasear por el balcón en lugar de hacer lo que nos corresponde. Eclesiastés 3:11 dice “11 Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la *mente humana el sentido del tiempo, aun cuando el *hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin”.

Dios nos hizo con el propósito, y debe cumplirse a cabalidad. Decir que “Dios hizo todo hermoso en su momento” es decir que la belleza va ligada a la madurez. A todos nos llega el momento, como a la rosa, de florecer, de pasar de ser un tallo con espinas a una flor en todo su esplendor. Lo importante, es detectar cuándo vendrá ese momento, cómo detectarlo, propiciarlo, generarlo, y convertirlo en nuestro.

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