Necesito un aventón a casa

La gracia, un regalo inmerecido. Por medio de ella, Dios nos da la salvación. Efesios 2 “8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;

9 no por obras, para que nadie se gloríe”.

La salvación es el rescate de nuestro Espíritu al momento de partir de la Tierra para ascender al Cielo, a la presencia de Dios.

La misericordia trae perdón, pero la gracia trae perdón y vida eterna. En la parábola del Hijo Pródigo, se ve cómo la gracia alcanza un límite mucho más grande que la gracia, puesto que la misericordia sólo perdona al hijo, mientras que la gracia lo restituye al nivel que tenía y prepara un festín para conmemorar el regreso.

En Juan 5:30, Jesucristo dice: “30 No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre”.

Resulta increíble que Jesucristo, por su propia persona, en verdad no pudiera hacer nada, sino todo mediante la voluntad del Padre. Y Jesús podía obrar milagros gracias a la estrecha comunión que mantenía con Dios, a que siempre estuvo en sintonía con Su voluntad. No eran sus propias fuerzas las que obraban con poder y autoridad, sino el poder y autoridad de Jehová manifestándose a través de Jesús.

Esto es, precisamente, vivir en casa. Con el Padre espiritual, como en alguna ocasión tuvimos la oportunidad de vivir en casa de nuestros padres. Jesús vivía en casa con sus Padres. Y como en todo hogar, en su casa había reglas. Había cosas que Él nunca hizo porque sabía que debía mantenerse en el estrecho canal con el Padre.

Y muchas veces esas reglas, que también se aplican a nuestras vidas una vez que aceptamos a Dios en nuestro corazón, nos pesan más, opacan a los beneficios y bonanzas que yacen en casa, y decidimos partir de la casa del Padre para marcharnos a una donde las reglas las pongamos nosotros.

De esa manera, nos convertimos en visitantes de la Casa del Padre, durante los servicios dominicales, grupos de amistad o eventos especiales. Pero no vivimos ahí, estamos a expensas de lo que se nos ofrezca durante el tiempo que fungimos como visitas, y después, vamos de vuelta a la incertidumbre del futuro, a la incertidumbre de si habrá dinero o comida. Y preferimos quedarnos en nuestro húmedo y sucio departamento rico en austeridad, en lugar de permanecer con el Padre, sí, bajo sus reglas, pero también cobijados por Su amor, gracia y misericordia.

Hay ya bastantes distractores para no entrar en la casa de Dios. Redes sociales, teléfonos inteligentes, internet inalámbrico, televisión, revistas, en ocasiones todo resulta más interesante que escuchar la Palabra, disfrutar de las bendiciones y recibir la Palabra de Dios.

Oseas 2:19 dice “19 Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia”. En este libro, Oseas es mandado por parte de  Jehová a casarse con una prostituta para restituirla a una posición de honor, y sacarla de su oficio y deshonra. Sin embargo, más tarde ella abandona a su marido para regresar a la prostitución, dejando de lado la cobertura y los beneficios que le había traído el matrimonio con un profeta de Dios. Y entonces, Jehová le ordena a Oseas ir por ella de nuevo para regresarla a la posición en la que la había puesto.

Así es la gracia de Dios con nosotros. Aún cuando voluntariamente nos alejamos, cuando, por medio de toda voluntad decidimos seguir nuestras reglas y corazonadas y dar la espalda a la Palabra de Dios, su gracia nos perdona, y nos restituye, y nos respalda con Su nombre y poder, y todo lo que esto representa.

Y quizás hoy alguno necesite un “ride” a casa. Quizás hoy nos sentimos abrumados por la vida o las consecuencias de nuestro estilo de vida. Tal vez nos aburrimos de las reglas de a casa, pero a pesar de ello, somos conscientes de que esa casa, es mejor que la que uno construye con sus propias manos.

La gracia no solamente es la salvación, nos lleva a algo más, nos da el extra que no esperábamos ni merecíamos. Y nos devuelve a la casa, con todas las reglas, sí, pero también con todo el perdón. Y el amor. Por siempre.

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