Ser buena tierra

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Tenemos que ser buena tierra. Cuando nos convertimos en buena tierra, las semillas arrojadas hacia nuestras vidas darán buen fruto, como dice Mateo 13: “1 Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar.

2 Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa.

3 Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar.

4 Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.

5 Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra;

6 pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.

7 Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron.

8 Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno.

9 El que tiene oídos para oír, oiga”.

En esa ocasión, Jesús compartió la parábola y finalizó arrojando el mensaje a aquellos que tuviesen la disposición para escuchar y entender. Santiago dice que no debemos ser oidores olvidadizos, si se olvida o no se pone por obra, es palabra muerta.

Somos tierra. El Señor lanza la Palabra. Hay quienes, al ser lastimados, guardan rencor durante mucho tiempo; aquellos no producirán buen fruto. Según la Palabra, el fruto del Espíritu es paz, bondad, benignidad, templanza, mansedumbre, gozo, paciencia, amor y dominio propio.

Pero si no tienes uno de ellos, no es ninguno, porque de claudicar en uno, se irán los demás también. En cambio, cuando el fruto ha logrado penetrar, se nota enseguida a través de un cambio en nuestras vidas.

¿Qué clase de tierra somos, de acuerdo al tiempo que nos han sembrado y los frutos visibles que hemos producido?

Si la semana no fue fácil, entonces no se puso por obra lo que se vio la semana pasada. Por ende, no servimos como buena tierra. Porque tenemos poca fe.

Mateo 17: “14 Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo:

15 Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua.

16 Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.

17 Respondiendo Jesús, dijo: !!Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá.

18 Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora.

19 Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?

20 Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.

21 Pero este género no sale sino con oración y ayuno”.

Al referirse al grano de mostaza, Jesús no se refería al tamaño del grano en sí, porque estaría diciendo que tuviésemos fe tan pequeña como el grano, sino al fruto tan grande que arrojaba en comparación con el tamaño del grano. Mateo 13 hace la referencia:

“31 Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo;

32 el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas”.

¿En qué momento pasaremos de ser un grano de mostaza para convertirnos en una gran hortaliza?

La Palabra hace referencia a que Dios nos creó como dioses, con sus mismos genes, a su imagen y semejanza. Pero nos cuesta demasiado creerlo.

Por ende, cuando escuchamos la Palabra, ésta debe penetrar. En el mismo capítulo de Mateo, da una explicación al respecto:

“18 Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador:

19 Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.

20 Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo;

21 pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.

22 El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.

23 Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno”.

Lo que ahoga la Palabra es el afán. A pesar de salir inspirados de los servicios, los afanes matan la Palabra en cuestión de instantes. Entonces se deja de creer.

Mateo 6:25 “Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?”

Hebreos 4:12 “12 Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.

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